de la Compañía Colonial de Imágenes, Letras e Ideas
Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.
Comenzaba la primavera y el Administrador, mientras contemplaba el discurso en el horizonte de la silueta de una caravana que partía a contraluz hacia el desierto, pensó que
El Administrador había sido enviado allí para garantizar la libre circulación de productos. De todo tipo de productos: dátiles, oro, diamantes, petróleo, seda, palmeras abatidas, fotografías antiguas rescatadas de los tiempos en que los blancos viajaban con las caravanas más allá de La Montaña de los Asesinos (donde sólo quedaban ruinas desde el fin imperio otómano) y se peleaban entre ellos en los oasis por el amor de una mujer o de muchos hombres. Pero hay que decir en defensa del Administrador que había pedido el puesto voluntariamente porque de repente, mientras hacía cola en el despacho ministerial, se le habían venido a la memoria a la vez un pasaje poco citado de Los Siete Pilares de la Sabiduría (aquel en que Lawrence de Arabia hace un primer recuento de las libertades carnales que permite el desierto) y la versión cinematográfica que Bertrand Tavernier hizo de "1280 almas", de Jim Thompson, en que Phillipe Noiret, policía colonial, recorre su imperio miserable de moscas, polvo, calor y ventiladores colgados del techo, objetos que sólo existen para incrementar la sensación de agobio o hacer que los militares enloquecidos sueñen con helicópteros; o que los bares de las estaciones intermedias parezcan todavía más desiertos cuando el único viajero ha puesto en el juke-box la canción más inopinada de la máquina, que además chirría y parece avisar de la inmediata irrupción del pasado del protagonista.

Había un campo de regadío a resguardo de todos los vientos. El administrador mandó plantar moreras. Algunos indígenas dijeron que no sería buena política, que el arbusto no se aclimataría. El administrador hizo consultas a la metrópoli. La respuesta la trajo un spahi herido que tendrá mucho que ver en esta historia: "Utilicen ailanto", decía el Consejo Colonial. Eso supuso otra guerra. El ailanto era un árbol maldito. Por fin, la compañía de la seda, que quería competir con los chinos, tuvo su campo de falsas moreras. En otro país se libraron combates para conseguir mariposas. Cuando el campo estuvo lleno de gusanos, varias expediciones se dirigieron al interior en busca de esclavos. Necesitaban manos jóvenes, sensibles, que pudieran tratar con cariño los hilos del preciado tejido. Pero se había comenzado la casa por el tejado. Las rutas que habían usado otros imperios se habían vuelto inaccesibles. Las mariposas cumplían su ciclo y las orugas, para salir, mordían su envoltorio y lo quemaban con su saliva ácida. El tejido quedaba inservible. Al administrador lo amenazaron con enviarlo a Zinderneuf. Eso se llamó el fracaso de la seda. Las polillas, revoloteando todas las noches alrededor de las lámparas del porche, se lo recordaban constantemente.
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