
Al acercarse, sorprende comprobar que esta ciudad no está construida sobre la playa, que ni siquiera tiene puerto ni comunicaciones con el exterior; la costa, baja y recta, es inhóspita como la del Sahara, y una eterna línea de rompientes impide arribar a los navíos.
Se comprueba también lo que no era visible desde lejos: inmensos hormigueros humanos en la ribera, millares y millares de cabañas de paja, de chozas liliputienses de tejados puntiagudos, donde hierve una extraña población negra.