
La costa es impracticable para los barcos grandes. La ciudad no tiene forma ni límites; las chozas de arcilla y yerbas simplemente se disuelven en la sabana a medida que el viajero se aleja de la plaza del mercado, a cuyo alrededor se apiñan formando laberintos de callejones muy estrechos. Allí se encuentran además los pocos edificios de ladrillo que los europeos hemos construido para el comercio y el gobierno.
Los hombres son ruidosos y débiles. Las mujeres, fuertes, feas y silenciosas.
(Sin embargo, se trata de una civilización: es una cultura con ciudades. Se habla de otra ciudad opuesta, próxima a las fuentes del río que desemboca a pocos kilómetros de aquí, en un delta lleno de fango al que los más intrépidos van a buscar oro y sanguijuelas. Se cree en la existencia de esa otra ciudad porque la corriente a veces arrastra yelmos hendidos y máscaras votivas, es decir, con la misma mecánica mental con que se cree en lo espíritus que animan las aguas, lo cual, mientras miro pasar a las porteadoras de frutas, me parece más cierto que cualquiera de nuestras construcciones religiosas, ya que de sus ídolos, al menos, se siente el movimiento. La vegetación nunca descansa; mucho menos el agua, que no se distingue del sudor.)