de la Compañía Colonial de Imágenes, Letras e Ideas
Casi por casualidad, encontré en Internet (en La tercera fundación) las portadas de cuatro de las primeras, si no las primeras, novelas de ciencia ficción que leí cuando era un adolescente (con perdón por el leve velo de nostalgia que enseguida se disipa en cierta alegría...). Encontré esos libros abandonados en un armario, donde debían de llevar algunos años. Eran de la colección Cenit. A Tierra, ¿te sobra una ciudad? (1960), de Richard Wilson, la recuerdo como una historia más bien delirante: unos extraterrestres con aspecto de canguros se llevan un pedazo de la Tierra con una ciudad (¿de Ohio?) como si fuera un bola de helado. Terrestres en Marte (1963), de Russ Winterbotham, y Marte es mi destino (1963), de Frank Belknap Long Jr., eran las típicas historias de colonización del planeta rojo, que ahora vuelve a estar de moda porque se ha confirmado la existencia de agua. En las novelas también encontraban agua. Los marcianos de la primera parecían camellos con una antena en la joroba y tenían la sangre vegetal y ácida, y las dos incluían canales y amplias descripciones de lo que se consideraba la geografía marciana. De Guerra con Centauro (1961) diré que la recuerdo con todo detalle, porque es una historia que me fascinó (incluye viajes en el tiempo y probabilística), pero no recordaba que su autor es Philip K. Dick. Por aquel entonces, la cf era una lectura menor, popular y barata, que se leía y se dejaba enmohecer lejos de la estanterías que supuestamente dignificaban los libros... Es decir, tenía una preciosa condición de género y podía permitirse las cotas más altas de libertad creativa...
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